También convirtieron la Ile de la Cité en una fortaleza. Con los baños, retretes y cementerios subterráneos, los romanos crearon una red de pasadizos bajo tierra que podrían competir con los de Roma o Constantinopla. En particular, los romanos horadaron una verdadera colmena en la Ile de la Cité para utilizar los túneles como almacenes en caso de asedio. Los Nosferatu estuvieron presentes retocando detalles o dirigiendo la labor de los capataces para extender aún más los túneles. Cuando finalmente se diluyó el poder de Roma, los Nosferatu se hicieron con el control de los laberintos de la Ile de la Cité. Este imperio subterráneo constituía su bastión y lo protegieron con éxito de otros clanes hasta comienzos de este siglo.
Dada mi familiaridad con los turcos del clan, no me supuso demasiado esfuerzo localizar a nuestros hermanos. Un enorme orfanato se extiende a lo ancho de la Ile de la Cité y descansa a los pies de la catedral de Notre Dame. Paseé por los senderos de las tierras del orfanato a sabiendas de que los nuestros acuden a ellos como las moscas a la luz (la inocencia es como un canto de sirena para nosotros). No tardé mucho en recordar que los apóstoles no eran 14, como sugerían las estatuas del corredor del atrio principal. Dos esculturas falsas me observaban mientras caminaba. Parecían de piedra rígida, pero algo en sus ojos inertes me inquietaba. Nunca había visto que alguien usara las artes del disfraz de semejante manera, pero había oído que los Nosferatu parisinos empleaban algunos de nuestros venenos para ocultarse con mantos que los convertían en estatuas y esculturas religiosas.
Me encontraba en las profundidades de las catacumbas parisinas frente a Dame Mnemach, una Nosferatu como nunca antes había visto. Su piel era como un tejido fino que dejaba ver una red de venas y vasos flotantes en la carne. La cara de Mnemach estaba cansada, era calva y suave como un melón, pero sus dientes animales brillaban bajo sus labios cerrados en un rictus agresivo. Sus brazos y su cráneo estaban adornados con tatuajes tribales, pero debido a la putrefacción de su carne, parecían flotar en contra de su frente. La dama dirigía a los Nosferatu de París hasta que su señor emergiera de su largo letargo. Ambos proceden del linaje de los celtas que se habían asentado en la isla, los Parisii. Ella reclama para sí el título de Nictuku también, aunque dudo que sus cachorros conozcan el secreto, pues utiliza la leyenda para mantenerlos en su mano. Dado que sus Nosferatu habitan una ciudad envuelta en las intrigas de los Toreador, deben recurrir a grandes dosis de astucia e ingenio. Mientras que otros Nosferatu intercambian secretos por un indicio de poder o respeto, los Parisii se esconden y espían para sobrevivir.
- Del Viaje de Rasalon.
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